25 marzo 2013

De Gerardo y de lo que nos marca

Ahora que navegaba en la lista de 'amigos' (a algunos sí los considero realmente mis amigos) me encontré con Gerardo, un compañero de la primaria y secundaria que podría haber pasado inadvertido en mi vida excepto porque al pobre le pasó algo en tercero de secundaria.

Era el descanso, uno de los varios que teníamos entre clase y clase, y estaban todos los niños de mi salón jugando a colgarse de la canasta de basket ball y ver cuánto tiempo resistían colgados. Había cronómetro y todo.
Todo transcurría normal. Toda la escuela veía desde los balcones a los que se colgaban, era el descanso.

Tocó el turno a Gerardo quien nunca se había subido y fue entonces cuando uno de los otros niños aprovechó que estaba colgado y le bajó los pantalones. Probablemente no era su intención que se le bajaran también los calzones, pero sucedió, así que Gerardo no pudo hacer nada más que soltarse volverse a vestir.

El pobre se metió corriendo al salón, se sentó en su pupitre y comenzó a llorar. No pudo parar en todo el día. Pobre, pero no había manera de consolarlo. Ojalá alguien hubiera podido quitarle la vergüenza que sentía. Lloraba.

Se cambió de escuela al año siguiente y no volví a saber nada de él hasta que me agregó a Facebook. Ni siquiera he visitado su perfil en todos estos años, sólo recuerdo el incidente cada vez que me lo topo en la lista.

Probablemente se acuerda, probablemente logró olvidarlo. Yo no.

Supongo que esas cosas te marcan más de niño que de adulto. Tantas tonterías nos marcan, parecen enormes. Pasan los años y algunas siguen siéndolo.